martes, 4 de junio de 2013

Con los pies sobre la tierra

De chico a uno no le importaba mucho lo que podría haber sido la infancia de los padres. En realidad de chico nos importan muy pocas cosas que tengan que ver con el mundo de los adultos. En la juventud nos enteramos de algunas circunstancias, de otras no, y de otra seguramente estará muy bien no habernos enterado. Pero en mi caso ya de grande, habiendo tenido solo una madre sobre la cual formular teorías, me empezó  a inquietar como habrán sido determinadas situaciones, que todos afrontamos en la niñez, pero encaradas por mi vieja.
Me puse en la situción de contarle a mis futuros hijos cosas de mi infancia, por ejemplo que “yo agarraba la bicicleta y me iba pedaleando por una calle al azar hasta que se terminara, a veces no terminaba más de pedalear porque la calle parecía no tener fin, volvía tarde a casa y siempre ligaba un reto” Boludeces que, obviamente, de chico no nos importan.
Hace un par de semanas, tal vez un par de meses, me cruzo con un pibe en el tren que toca la guitarra. No sé cómo se llama, no sé qué edad tiene, tal vez 18 ó 19, en fin, no sé nada de su vida. Solo sé que cada tanto me lo cruzo en el tren, lugar donde toca un par de temas con su guitarra para luego recolectar de las pocas personas que no se hicieron las dormidas ni las distraídas, algunas monedas en valoración a su performance.
Es excéntrico, medio Hippie dirán algunos, un sucio dirán otros, de vago lo tildará la mayoría. Para mí, por más cursi que suene, es un recolector de vida, de experiencias, de cosas que contarles a sus hijos, porque para mí viene de una familia de plata y no necesita hacer lo que hace más que por placer. Encara las canciones con mucho profesionalismo, lo he escuchado desentonar bastante pero cuando da con la nota y tiene un buen día, puedo afirmar que canta bien. No es un virtuoso con la guitarra, pero yo, sin saber tocar siquiera un silbato, calculo que debe ser difícil tocar bien la viola, más si durante cada canción saltas como loco por todo el largo del vagón o sobre los asientos, si conseguís alguno desocupado, como él suele hacerlo.
Pero lo que más me llama la atención de mi amigo (si, ya le tome cierto cariño y lo siento como un amigo) es que siempre esta descalzo. No me animo a preguntarle nunca porque anda en esa condición, pero mi imaginación quiere creer que es su forma de estar conectado con la tierra, con el suelo, con la vida, con el tren, su escenario. Y me lo imagino ahora a él, en el futuro, contándoles a sus hijos las cosas que hacía cuando era pibe, que tocaba la guitarra en el tren, que andaba solo pero en compañía de la música, que se hizo de amigos que curtían la misma y otro montón de anécdotas que no puedo llegar a entender como no le pueden interesar a un chico.
A mí no me hace falta que me las cuente porque cada tanto las vivo, cada tanto me saca una sonrisa, cada tanto me hace mover el piecito al compás de su flojo guitarrear, y ya forma parte de las anécdotas que alguna vez le contaré a mis hijos, que puede que no les importe, pero siempre me va a ayudar a recordarles que hacer lo que a uno le gusta nos mantiene felices y con los pies sobre la tierra.

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